A veces esta cruz de tus huesos es tan pesada que mi espalda lanza aullidos de furia hasta pintarse morada.
Cada día debo buscar un refugio a tu atorrancia, ya sea en algún barullo de mi mente, en un relámpago, en la tarja de los trastes, en el baño, durmiendo o escribiendo como un demente.
Cuando traicionas el amor se vuelve un clamor cotidiano, tan filoso que puedes cortar con un beso la delgada seda de la felicidad.
A veces tu sonambulismo crónico me fustiga las piernas y tu mala educación me patea el estómago hasta robarme la respiración.
La noche y el sueño son mis trincheras.
Un palacio nocturno donde soy el único dueño de mi tiempo.
Al tiempo, encomiendo mi espíritu.
No hay comentarios:
Publicar un comentario