Cuento las sílabas del soneto que he de
inventar para llamar su atención, no es del tipo romanticón, es de aquellas que
han leído a Bukowsky y el Necronomicón.
Quisiera verla arder hasta que el sol
sangre al cielo de la madrugada, quisiera empaparme de su prosapia de
majaderías extasiadas, beber su sangre, maquillarme con su sangre menstrual y
bañarnos con leche y miel mientras nos revolcamos sobre los textos del rey
Salomón.
Cuento los besos que debo darle para
acalorarla lo suficiente y se quite esa ostentosa pañoleta, subirle el vestido
y emborrachar al hielo de dos desconocidos con el licor del deseo que moja la
bragueta.
Cuento los pasos para estar a su lado:
Uno,
dos , tres, cuatro, cinco, seis, siete,ocho,nueve, diez, once, doce, trece,
catorce y quince.
Cuento las caricias que debo pintar en sus
piernas para abrir la cerradura de sus bragas y encontrar aquella cava del vino
que fabrican las damas.
Fuma cigarrillos importados, bebe
aguardiente regional, lee a los beatniks,
escucha jazz, lentes de pasta negra, además es enana, tuerta y regordeta.
Cuento las cervezas que me he bebido y
comienzo a comprenderlo todo.
Es momento de abandonar el lugar antes de cometer algunas
jodidas tropelías que luego me pasen factura y me cobren regalías.
Cuento las monedas que tengo en los bolsillos
y me doy cuenta que sólo tengo un cigarrilo partido a la mitad.
Es entonces que aquella pequeña dama vuelve
a cobrar su atractivo pues se ve que trae efectivo para distraer lo que resta
de la madrugada.
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