miércoles, 20 de febrero de 2013

Cuento


Cuento las sílabas del soneto que he de inventar para llamar su atención, no es del tipo romanticón, es de aquellas que han leído a Bukowsky y el Necronomicón.
Quisiera verla arder hasta que el sol sangre al cielo de la madrugada, quisiera empaparme de su prosapia de majaderías extasiadas, beber su sangre, maquillarme con su sangre menstrual y bañarnos con leche y miel mientras nos revolcamos sobre los textos del rey Salomón.
Cuento los besos que debo darle para acalorarla lo suficiente y se quite esa ostentosa pañoleta, subirle el vestido y emborrachar al hielo de dos desconocidos con el licor del deseo que moja la bragueta.
Cuento los pasos para estar a su lado:
Uno, dos , tres, cuatro, cinco, seis, siete,ocho,nueve, diez, once, doce, trece, catorce y quince.
Cuento las caricias que debo pintar en sus piernas para abrir la cerradura de sus bragas y encontrar aquella cava del vino que fabrican las damas.
Fuma cigarrillos importados, bebe aguardiente regional, lee a los beatniks, escucha jazz, lentes de pasta negra, además es enana, tuerta  y regordeta.
Cuento las cervezas que me he bebido y comienzo a comprenderlo todo.
 Es momento de abandonar el lugar antes de cometer algunas jodidas tropelías que luego me pasen factura y me cobren regalías.
Cuento las monedas que tengo en los bolsillos y me doy cuenta que sólo tengo un cigarrilo partido a la mitad.
Es entonces que aquella pequeña dama vuelve a cobrar su atractivo pues se ve que trae efectivo para distraer lo que resta de la madrugada.

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