martes, 19 de febrero de 2013

Aún escucho fantasmas


En este palacio antes habitado de musas lascivas, pornografía, erotismo, surrealismo, poesía y tertulias vampíricas ahora está vacío, sólo quedan los restos de la fanfarria y una vieja estatua del fauno que fui fabricada con excremento por los gusanos que se quedaron conmigo.
Las habitaciones vacías son como fauces de monstruos. Allí donde antes había una lámpara que alumbraba a las musas que se revolcaban extasiadas por la poesía, borrachas de luna, meninas polígamas que hacían de mi palacio su hostal ahora es un agujero oscuro donde el cadáver de algo se arrastran buscando una salida.
Aún escucho fantasmas, se esconden detrás de las cortinas, bajo la cama o entre las páginas de los libros que leí. Son ecos disonantes que resuenan dentro de mi cabeza al igual que un pensamiento lascivo o una canción como la que se adhiere al cerebro por alguna extraña razón.
Aún escucho fantasmas que siguen bailando en la biblioteca escuchando ese viejo rocanrol, fumándose hasta la mesa, bebiendo el aguardiente para recuperar un poco de la sobriedad que quita la cordura y la santidad.
Aún escucho fantasmas fornicando en las camas, pintando paredes y los cuerpos con sangre, recitando poemas con gruñidos, invocando a seres cósmicos con lápices de colores, destrozando los sillones, grabándose para deleitar el voyeur o simplemente enamorándose a través de los olores.
Aún escucho fantasmas escribiendo hasta la madrugada, descorchando botellas y decapitando cigarrillos en busca de la rima suprema, aquella que pueda desvestir a la doncella sin recurrir a las manos.
Aún me escucho a mí, seduciendo a las damas, lamiendo sus heridas como un lobo amoroso dispuesto a devorarlas con ternura.
Aún me escucho fantasmas proclamándome Catador de Musas en una vorágine caótica, erótica y conceptual.
En este palacio antes habitado de musas lascivas, pornografía, erotismo, surrealismo, poesía y tertulias vampíricas aún me escucho a mí.

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