En este palacio
antes habitado de musas lascivas, pornografía, erotismo,
surrealismo, poesía y tertulias vampíricas ahora está vacío, sólo quedan los
restos de la fanfarria y una vieja estatua del fauno que fui fabricada con
excremento por los gusanos que se quedaron conmigo.
Las habitaciones
vacías son como fauces de monstruos. Allí donde antes había una lámpara que
alumbraba a las musas que se revolcaban extasiadas por la poesía, borrachas de
luna, meninas polígamas que hacían de mi palacio su hostal ahora es un agujero
oscuro donde el cadáver de algo se
arrastran buscando una salida.
Aún escucho
fantasmas, se esconden detrás de las cortinas, bajo la cama o entre las páginas
de los libros que leí. Son ecos disonantes que resuenan dentro de mi cabeza al
igual que un pensamiento lascivo o una canción como la que se adhiere al
cerebro por alguna extraña razón.
Aún escucho
fantasmas que siguen bailando en la biblioteca escuchando ese viejo rocanrol,
fumándose hasta la mesa, bebiendo el aguardiente para recuperar un poco de la
sobriedad que quita la cordura y la santidad.
Aún escucho
fantasmas fornicando en las camas, pintando paredes y los cuerpos con sangre,
recitando poemas con gruñidos, invocando a seres cósmicos con lápices de
colores, destrozando los sillones, grabándose para deleitar el voyeur o
simplemente enamorándose a través de los olores.
Aún escucho
fantasmas escribiendo hasta la madrugada, descorchando botellas y decapitando
cigarrillos en busca de la rima suprema, aquella que pueda desvestir a la
doncella sin recurrir a las manos.
Aún me escucho a
mí, seduciendo a las damas, lamiendo sus heridas como un lobo amoroso dispuesto
a devorarlas con ternura.
Aún me escucho
fantasmas proclamándome Catador de Musas en una vorágine caótica, erótica y
conceptual.
En este palacio
antes habitado de musas lascivas, pornografía, erotismo, surrealismo, poesía y
tertulias vampíricas aún me escucho a mí.
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